
Hay ciertas personas que se permiten la licencia de comentarlo todo, opinar sobre todos y nunca para bien. Aunque bueno, les concederé el beneplácito de la duda, en alguna ocasión lo hacen en positivo.
Tienen como una necesidad imperiosa de entrometerse en los asuntos ajenos y un afán desmesurado por despotricar, así que cuanto más grave sea el tema mucho mejor, más carnaza para sus afilados dientes.
Están al acecho de sus víctimas, esperando a que cometan el más mínimo error para jactarse de su descuido, pero no os preocupéis porque para ellos los equívocos de los demás no prescriben y los seguirán recordando y echando en cara de por vida.
Nadie les resulta lo suficientemente bueno, simpático o encantador, y si así lo fuese, sería demasiado, lo cual también les molestaría. Son incapaces de alabar, decir cumplidos o cosas agradables a los demás, reconocer alguna virtud ajena es como hacerse el haraquiri.
Radicales en exceso, nada les contenta. Parásitos que necesitan alimentarse de la desdicha de otros, obteniendo así su sustento. Eso es lo único que les reporta satisfacción.
Proyectan una imagen de fortaleza, esa falsa máscara de que nada ni nadie está a su altura, pero están tan huecos en su interior, tienen tan poca vida propia que merecen que alguien les ponga un espejo delante para que se den cuenta que lo único que pretenden es desviar la atención de los demás de su interior, porque realmente son frágiles, muy frágiles y están colmados de miedos e inseguridades no superadas.